Autonomía comunal en Euskalherria

Os presentamos un texto teórico de 2015 sobre autonomia comunal aparecido en la revista nahimen que presentan reflexiones teóricas, documentos estratégico-políticos, reportajes tanto históricos como de proyectos actuales, traducciones de textos significativos y reseñas de libros.

Texto entero en revista NAHIMEN (euskara, inglés y castellano)
http://nahimen.org/onewebmedia/NAHIMEN%20II_Udazkena_2015.pdf

 

 

 

 

AUTONOMIA COMUNAL EN EUSKALHERRIA
GrupoMerkatutik atera de debate ”

Nota
El presente texto no tiene pretensión fundacional o constituyente. En la medida en que es fruto de un proceso colectivo de reflexión, aspira a servir de inspiración para la reflexión y la práctica política revolucionarias.

I. Introducción

A día de hoy, todos los debates políticos con cierta proyección social en Euskal Herria están planteados en las frecuencias internas del Capital. No hay en Euskal Herria ningún discurso claro que presente al Capital en su conjunto como problema central. En ese contexto, los diferentes movimientos de la izquierda contrahegemónica han adoptado posiciones en contra del neoliberalismo,obviando por completo la relación social que lo sustenta (el Capital y el Trabajo Asalariado).
Según nuestro diagnóstico, tanto el Capital en sí mismo como su contenido, el Trabajo Abstracto (productor de valor de cambio y dinero), generan dos formas generales de dominación. A estas las llamamos dominación de clase y dominación abstracta. A partir de esas dos modalidades de dominación han sobrevenido el aislamiento, la impotencia, la desposesión, la obsesión sexual, el racismo, el machismo, la ignorancia, la destrucción del territorio y la desaparición de nuestra lengua y nuestra cultura. En general, de la dominación se derivan la falta de libertad y de poder, y por lo tanto, la pérdida del control sobre la totalidad de nuestras vidas. Partiendo de esa realidad, entendemos la política como un espacio para la construcción del poder popular y las libertades colectivas, como un espacio para la abolición del Capital y sus modalidades de dominación. Consideramos que ya es hora de enfrentar al Capital y desenmascarar su autoritarismo absoluto y su carácter destructivo.
Los objetivos del presente texto son los siguientes: por un lado, alimentar y retomar el debate en torno a la crítica radical contra el Capital, y por otro lado, comenzar a proponer unas posibles bases sobre las que desarrollar un proyecto político y económico al margen del capitalismo.

La dominación de clase
Entre las modalidades de dominación mencionadas, una de ellas es la dominación de clase. El Capital, como estructura histórica, ha creado una formación especial de riqueza; la riqueza abstracta o valor de cambio, que se ve reflejada en el dinero.
¿En qué consiste esta forma de riqueza? En el poder de mando sobre el trabajo ajeno que contiene. En ese sentido, el dinero que llevamos en el bolsillo es una magnitud social, ya que posibilita el vínculo económico con el resto de personas, es decir, implica poder de mando sobre el trabajo ajeno. De este modo, la infraestructura productiva de Euskal Herria, en tanto que es capitalista, está totalmente dirigida a la creación y acumulación de ese poder de mando (dinero). En términos cualitativos es poder de mando, pero en términos cuantitativos esa categoría del cambio se traduce en dos grandes bloques sociales: los grandes acumuladores representan a la propiedad, y las pequeñas rentas al trabajo. Unos pocos van acumulando cada vez en mayor medida ese poder de mando, monopolizado y gestionado de forma colectiva por los grandes empresarios a través de las estructuras de estado, la banca, la constitución de leyes, el poder mediático, la ordenación del territorio… La problemática social, por lo tanto, no se deriva de la distancia existente entre el empleo y el desempleo; ni siquiera en la existente entre el trabajo precario y el trabajo digno. La raíz del problema reside en la distancia (de posición social de poder) existente entre trabajo y propiedad (capital), que es constituida por la particular formación del poder en nuestra civilización (el valor de cambio). De este modo, todos aquellos que se sitúan dentro de la clase desposeída no consiguen más que reproducir al mismo nivel su posición social mediante el salario, mientras que los pertenecientes a la clase capitalista proceden continuamente al aumento de su poder social (capacidad de mando) mediante la acumulación de plusvalías a través de las categorías de beneficio, renta o interés. Los trabajadores generamos el poder del Capital en nuestros puestos de trabajo (Marx), pero también fuera de ellos cuando reproducimos nuestra fuerza de trabajo o cuando mantenemos nuestra estabilidad psicológica. Este último aspecto, el del trabajo reproductor no remunerado doméstico), ha recaído generalmente sobre las mujeres. La función de éstas en el sistema capitalista ha consistido de este modo en reproducir la fuerza de trabajo como cualidad de la clase trabajadora, que sin embargo sólo puede ser usada por los capitalistas.
En eso consiste, por lo tanto, la dominación de clase capitalista; dentro de la escala social, en el aumento cada vez mayor de la distancia por parte de los grandes empresarios respecto a trabajadores, empresarios autónomos y desempleados, que en su conjunto representan a la clase de los desposeídos.

La dominación abstracta
Hay, sin embargo, otra forma de dominación más compleja que se sitúa en la raíz de la anterior. Hasta el día de hoy, todos los sistemas sociales han desarrollado alguna u otra forma de dominación. Como se ha dicho, en el sistema social capitalista esa forma de dominación ha consistido en la acumulación de poder a través del valor de cambio. No obstante, por debajo de ese mecanismo podemos constatar la existencia de otra forma de dominación general que se corresponde exclusivamente y de forma especial al sistema capitalista: la dominación abstracta. Se basa en la dependencia social generalizada resultante de una sociedad de productores recíprocamente indiferentes.
En una sociedad en la cual cada uno de sus miembros no trabaja más que en respuesta a sus propios intereses, pero que sin embargo necesita consumir trabajo del resto, se produce una contradicción general: requerimos del trabajo de los otros, pero carecemos de vínculos sociales con ellos. Por un lado, existe una dependencia, en la medida en que todos los productos que queremos los crean productores con los que no tenemos relación directa; por otro lado, esa dependencia es generalizada, ya que todos estamos implicados en ella. En una sociedad en la que, siendo todos dependientes, cada uno no se hace cargo más que de sí mismo, la dependencia que se establece lo hace sobre la totalidad social. Como consecuencia, las relaciones de producción existentes entre las personas toman el control sobre las propias personas, y en esto consiste el fetichismo descrito por Marx en su sistema de crítica de la economía política.
Al igual que los antiguos dioses creados por nuestros antecesores, nuestra propia creación social ha tomado el control sobre nosotros y nos hemos vuelto dependientes de ella. Categorías como el Capital, el Trabajo asalariado, la mercancía, el dinero, el valor o los precios se nos presentan en la actualidad como una realidad ineludible, necesaria. En la medida en que somos individuos aislados, dependemos completamente de un sistema económico basado en esa generalidad social abstracta e impersonal.
Sobre esta lógica económica hemos desarrollado una dependencia respecto a la generalidad social, ese gran hermano impersonal y totalitario, en calidad tanto de productores privados (teniendo que vender nuestra fuerza de trabajo o nuestras mercancías para acceder a todo lo que necesitamos o queremos) como de desempleados. Por un lado, dependientes de la compraventa; por el otro, dependientes de unas instituciones políticas que nos resultan completamente ajenas. Hemos perdido las
capacidades materiales sobre nuestras vidas, en la medida en que hemos perdido la sustancia de la colectividad, y vivimos dependientes del poder monetario universal, aislados, en una servidumbre total a los cuerpos sociales. Dentro del modelo de subjetividad dominante, la necesidad de trabajar para algún día llegar a explotar al de al lado, la necesidad de un salario, la necesidad de vender nuestros productos, la necesidad de satisfacer nuestros deseos mediante el consumo de mercancías, la necesidad de estar por encima de los demás, la necesidad del dinero… se han situado fuera del espacio político en el que las cosas son discutibles y objeto de disputa; por el contrario, se nos presentan como una realidad ineludible dentro de la lógica burguesa. De hecho, esas relaciones históricas capitalistas han tomado el control sobre nosotros, transformándose en realidades ahistóricas, objetivas y automáticas, llegando a imponernos sus propias leyes.
Nosotros queremos cuestionar todas esas relaciones productivas capitalistas, poner en duda su carácter necesario, al tiempo que plantear la posibilidad de desarrollar un modelo productivo autónomo al margen de ellas. De hecho, aspiramos a darle una salida política a esta gigantesca dominación abstracta y autoritaria.
Por lo tanto, si queremos hacer política, abordemos desde la raíz esas dos formas identificándolas y interconectadas después de dominación, eliminándolas; primero recuperemos la radicalidad. Por el contrario, si lo que queremos es seguir siendo esclavos y esclavistas, la senda a seguir nos es bien conocida; hagamos lo más cómoda posible nuestra mentalidad capitalista, reforcemos nuestra condición de trabajadores imperialistas y eurocéntricos.

II. Euskal Herria capitalista. Un diagnóstico

Hoy en día Euskal Herria es un territorio imperialista infraestatal dividido en tres administraciones diferentes; íntegramente, de pies a cabeza, capitalista y autoritario. La gran mayoría de los vascos nos vemos en la obligación de buscar trabajo, ya que no ejercemos el trabajo como una capacidad propia. A decir verdad, nuestro trabajo (tanto el remunerado como el no remunerado, productivo e ‘improductivo’) no es más que una función de la estructura del valor, aunque se puede entender también como substancia social que nos roban aquellos que están por encima de nosotros: la clase capitalista. Respecto al supuesto derecho a decidir, no tenemos ningún espacio en el que poder tomar las decisiones de forma directa. Una supuesta delegación demócrata se encarga de ello en nuestro nombre, ya sea desde el nivel local, ya sea desde el nacional, desde la particularidad política (en los partidos) a la generalidad social (en las instituciones). En ese contexto, la voluntad de la inmensa mayoría de las personas es completamente irrelevante, puesto que en nuestro aislamiento carecemos de aquellas herramientas materiales autónomas que nos permitirían llevar a cabo nuestros propósitos.

Sin embargo, la miseria y la desposesión van mucho más allá y se extienden por todos los aspectos de nuestras vidas. Cuando enfermamos, dejamos nuestros cuerpos en fríos edificios robotizados y burocratizados, a cargo de personas a las que no onocemos. Del mismo modo, cuando tenemos hijos, los dejamos en espacios cuadrados y herméticos para que sean formateados durante largas y disciplinadas horas de silencio monacal y bajo tortura pedagógica burguesa. Cuando vuelven de la escuela, ponemos en sus manos juguetes corruptos, artefactos transmisores de valores hegemónicos que compramos al imperialismo sionista. Ni qué decir tiene nuestro sistema de alimentación, que cuando tenemos hambre nos empuja a comprar y consumir alimentos sintéticos, contaminados con químicos y cuyo origen desconocemos; o el agua que bebemos, que sin saber de dónde ni cómo llega hasta nuestras casas, estamos obligados a pagar. Además, para poder poner en marcha toda esa gran maquinaria social, hemos de obtener los fondos energéticos comprándoselos a unos desconocidos cuya actividad esquilma el territorio y los recursos naturales.
Ante todo ello, saciamos nuestra ignorancia frente a la televisión o con arrogantes discusiones en bares de copas. También tenemos la habilidad de autoenmascarar continuamente nuestra obediencianmediante el consumo de drogas, mirando hacia otro lado, votando a partidos de izquierda inmovilista o participando en manifestaciones-protesta espectáculo. Muchas veces, cuando los grandes poderes reprimen al insurgente, tendemos cobardemente a incorporarnos a la moral totalitaria dominante. De hecho, no sabemos escucharnos entre nosotros, ni cuidarnos, ni tampoco actuar conjuntamente; no sabemos amar, ni pensar de forma colectiva, ni vivir para los de al lado, ni compartir poderes en conjunto. La propia muerte nos acoge en la vejez en total soledad, e incluso para hacernos un hueco en el reino capitalista de los muertos hemos de pagar por ello.
Vivimos y morimos de modo egoísta y ante ello, pretendemos arreglar la catástrofe capitalista generalizada de nuestra nación mediante teorías políticas estériles y burguesas, más falsas que losgmonoteísmos tradicionales.
Procedamos, por lo tanto, al análisis de las relaciones que se encuentran en la base, que parten de la raíz: recuperemos la crítica política al Capital.

La lógica social del capitalismo
“En una sociedad compuesta por productores recíprocamente indiferentes, el nexo social consiste en el valor de cambio de dinero. Esto es: los productores llevan su vínculo social en el bolsillo” (Marx, Grundrisse).

Una vez desarticulados los vínculos afectivos entre personas desconocidas o indiferentes entre sí, únicamente mediante el intercambio o la compraventa es posible la relación económica; es decir, únicamente cuando uno saca del otro un beneficio propio. En ese momento sobreviene el imperio del dinero. Éste se encarga de asignar su color abstracto a todos los objetos, es decir, su valor. Es entonces cuando el mundo aparece ante nosotros de forma mística y todas las cosas nos observan a través de su atrayente cualidad abstracta, a través del carácter abstracto del valor. Esa abstracción no representa más que el trabajo social enajenado, solidificado tras haber adquirido la forma del valor.

Como hemos dicho anteriormente, mediante ese valor (es decir, mediante el dinero),poseemos el poder de mando sobre el trabajo de los demás. Poder que se vuelve completamente imprescindible en la medida en que como individuos aislados se convierte en, nuestra única vía de acceso a los recursos sociales. De esta forma, en vez de relacionarnos con personas reales, alimentamos todo nuestro tiempo de vida con el trabajo abstracto solidificado de aquéllas; es decir, con el consumo. El miedo a vivir aislados, a que nadie se haga cargo de nosotros, nos impulsa a acumular dinero.
La sustancia del dinero es el trabajo abstracto, es decir, el trabajo social general. En una sociedad de productores indiferentes entre sí,ese trabajo abstracto se convierte en mediación social general. No tenemos derecho ni relación social alguna si no tenemos en el bolsillo esa expresión del trabajo social que es el dinero, que nos permite el nexo con la sociedad productora de mercancías.
En el caso de los trabajadores y las trabajadoras, el trabajo abstracto se materializa a través del trabajo asalariado, cuya práctica nos lleva a una especialización extrema. A través de un tiempo disciplinado y en un espacio determinado (el puesto de trabajo), en ocasiones durante toda la vida, nos obliga a ejecutar una y otra vez las mismas tareas, atrofiando nuestras capacidades y desarrollando únicamente algunas pocas facultades. Es así como nos convertimos en humanos parciales y mutilados, y así pasamos a convertirnos en humano-ordenador, humano-tractor, humano-martillo, humanotroquelador, humano-vendedor, humano-ama de casa, humanoestudiante, humano-desempleado…

Nuestro tiempo de vida también se dicotomiza y se fragmenta; producimos en un espaciotiempo que no consideramos propio (el puesto de trabajo y el tiempo de trabajo), mientras que en los espacios-tiempos que aparentemente consideramos propios (“en el tiempo libre”, en casa, estando de compras, en la taberna, en la calle) nos dedicamos a absorber el tiempo de trabajo ajeno a través del consumo. En realidad carecemos por completo de espacios-tiempo propios, en la medida en que carecemos de capacidad y poder político colectivo para crearlos. Nuestra vida se desarrolla al completo bajo una abstracción; no se materializa más que como producto. Tanto en el puesto de trabajo, como en el paro, como estando de vacaciones, somos un fragmento dentro de la dinámica histórica del valor; nada más que una conexión dentro de una gran maquinaria social capitalista estructurada en función del valor abstracto.
Nosotros queremos liberarnos de ese juggernaut que es el trabajo productor de mercancías. Queremos construir nuestras vidas fuera del trabajo abstracto sobre el que se constituye la producción de valor, construir un modelo económico y de vida totalmente diferente e integral en el que podamos llevar a término nuestros deseos colectivos al margen de cualquier estructura autoritaria.

El desarrollo histórico del capitalismo
A continuación, haremos un repaso histórico del sistema capitalista y de la lógica de autovalorización.
Supongamos que el sistema capitalista contiene unas leyes históricas dialécticas. Esto quiere decir que pertenece a un periodo histórico y que presenta un desarrollo lógico interno. En ese proceso de transformación, las formas sociales lógicas del capitalismo (dinero, trabajo asalariado, mercancía, capital, estado, mercado global…) van cambiando hasta que agotan sus posibilidades lógicas.
Consecuentemente, el capitalismo ha conocido diferentes fases, en las cuales esas formas han ido reforzándose cada vez más.
Cada fase dialéctica, en general, se presupone de forma lógica, y Marx así lo desarrolló en sus análisis; las fases se desarrollan en función de la importancia que cada uno de los elementos del Capital juega en la estructura. De esta forma, primero 1) viene el capital mercantil y el comercio simple (monopolista), al que le sigue 2) el desarrollo del capital industrial (competencia) y las revoluciones industriales. Dentro de esta segunda fase desparece la artesanía en favor de la manufactura, luego la gran industria y la mecanización, luego la industria de servicios y la microelectrónica. De la mano del agotamiento del crecimiento industrial, vivimos una regresión al monopolio, ahora dueño ya éste de las características inherentes a un sistema industrial oligopólico, acompañado del surgimiento de una nueva fase 3) del mercado mundial del capital financiero y los fondos de inversión.
Siguiendo con este esquema, hacia la década de 1970 se agotó la última capa de valorización del capital industrial, también conocida como fordista, y el Capital procedió a dar un salto dialéctico hacia su última fase de desarrollo: aquella que se corresponde con la hegemonía del capital financiero. En estos momentos, la hegemonía del capital financiero está dando sus primeros pasos, y podemos prever que cada uno de esos pasos los dará a través de una situación de crisis. La crisis de los 70 preparó las estructuras de mando del capital financiero: el posfordismo, la gubernamentalidad neoliberal, la globalización, la generalización del dinero crediticio, la absorción financiera de la industria, las corporaciones y el sistema de deuda global, internet y la realización del capital ficticio. Actualmente, como muchos ya habían previsto antes del 2006, el capital financiero está saliendo reforzado de la presente crisis imponiendo los patrones de precariedad y volatilidad de nuevo ciclo. Aunque parezca un juicio prematuro, podemos prever la desaparición del dinero físico a corto plazo y el uso exclusivo del dinero crediticio y la tarjeta de crédito. En ese caso, una función informática sustituirá todo nuestro dinero, con lo cual, entre otras muchas consecuencias, se generaría un registro informático de todas y cada una de las acciones de compraventa y, en definitiva, de toda transacción social.
Del mismo modo, también podemos prever que los estados perderán el poder político geoestratégico e internacional (obsérvense los acuerdos internacionales para la nueva era, en nuestro caso TTIP, TISA, etc.), así como la capacidad de los Estados para legislar sobre su estructura económica interna (sobre las multinacionales). Como consecuencia, los Estados se convertirán en infraestructuras relativamente simples dirigidas a mantener los servicios básicos y el orden interno, mientras que el poder político burgués (legislativo, ejecutivo y judicial) quedará cada vez más en manos de multinacionales, coaliciones armadas imperialistas y de los tribunales de grandes bloques internacionales. Los pueblos tendrán cada vez menos posibilidades frente a ese inmenso poder totalitario y, en la medida en que participan de la acumulación de capital, colaborarán en la creación y el reforzamiento de esos poderes.
Tengamos en cuenta, también, cómo el desarrollo de los sistemas biométricos, la informatización de las bases de datos, la óptica satelital y las nuevas tecnologías organizativas policiales han revolucionado los modelos tradicionales de control social, con lo que la consecución de una revolución macropolítica clásica en contra de la hegemonía del capital financiero resulta ahora inviable. Frente al capital financiero no existe espacio intermedio alguno, como tampoco existen espacios de opacidad. Igualmente, podemos prever que, con toda probabilidad, el espectacular nivel de mecanización agotará al capitalismo mismo como sistema de explotación del trabajo (ya es patente la falta de puestos de trabajo en el tejido productivo de los centros mecanizados mundiales), lo que implica el agotamiento de la dinámica de la plusvalía (el trabajo vivo),convirtiéndose el dinero en un título político de los grandes propietarios como muestra de la acumulación de fuerzas de producción automáticas. En la vejez del ciclo capitalista, por tanto, no hay libertad, sino tan sólo un absolutismo de grandes propiedades y de fuerzas de producción gigantescas en transición automática a una civilización brutal. Con todo, prevemos también que todas las modalidades de fascismo se quedarán pequeñas si el Capital, a través de la forma financiera que ha adoptado, lleva a cabo la materialización de sus leyes históricas inmanentes.
No hay salida lógica interna al Capital; sólo podemos forjarla a través de sus debilidades, y se nos acaba el tiempo.
De vuelta a la fase industrial del capitalismo, el antagonismo social se presentaba de la siguiente manera: la riqueza acumulándose en un polo, frente a la miseria acumulándose en el otro. Ante ello, se produjo la revolución de los miserables para acabar con la riqueza; los trabajadores contra los empresarios. Esa revolución fracasó porque, según creemos, adoptó la misma conducta social básica del Capital, esto es, la del Trabajo abstracto y la obediencia ciega, masiva, a las leyes sociales del intercambio, enese caso planificado y regulado.
En la fase financiera del Capital queda claro cuál es el antagonismo fundamental del sistema; el poder autoritario (propiedad) acumulándose en un polo, la impotencia (desposesión) en el otro. Por consiguiente, en esta nueva fase podemos prever que el antagonismo presentará una nueva expresión política, quizá decisiva: aquella que impulsará la desaparición del poder autoritario del trabajo, frente a la creación de un poder popular autónomo, una sustancia histórica alternativa a la enajenación de fuerzas sociales.
En la fase industrial, el dinero se interpretó a través de la cara más accesible de la moneda, esto es, como una expresión del trabajo vivo.
Por el contrario, en la fase actual ha quedado ya al descubierto la cara oculta de la moneda, que es la de la acumulación de poder autoritario, la del imperio financiero universal.
El campo de batalla político en el siglo XXI, por tanto, consistirá en la disputa entre ese imperio financiero compuesto por fuerzas estatales y multinacionales por un lado, y la confederación entre movimientos populares autónomos revolucionarios por otro.

La Euskal Herria metropolitana y su ciudadanía

A día de hoy, los que carecemos de poder aparecemos más como ciudadanos que como trabajadores. De hecho, muchos de nosotros no tenemos trabajo pero sí, por el contrario, la voluntad de obedecer así como de acudir a votar de manera consecuente. Así pues, aquellos que, teniendo derechos y obligaciones, carecemos por completo de poder, somos quienes que conformamos la ciudadanía.
A nivel estatal, se denomina sociedad a esa ciudadanía abstracta,siendo, de esta manera, una abstracción sustituida por la otra para representar un sujeto ficticio. Esas sociedades abstractas conformadas por ciudadanos abstractos se organizan geográficamente en grandes metrópolis con sus correspondientes extrarradios. Por lo general, las porciones de caos que se generan en esas metrópolis (violencia, drogas, sexualidad, enfermedad) se mantienen estadísticamente en orden, con lo que la metrópoli se puede considerar la expresión errenal ordenada de la sociedad abstracta.
Nosotros, en esa disolución universal ordenada, no somos nadie. En ella, el poder burgués se organiza mediante dispositivos institucionales impersonales, de modo que le sea posible garantizar dicha ordenación metropolitana: Osakidetza, la Ertzaintza, las escuelas públicas, la universidad del Opus, las patronales, el parlamento, las casas de cultura, los consejos escolares, UGT, LAB, San Mamés, la cámara de comercio de Baiona o las escuelas públicas de idiomas. En todos esos espacios sociales somos pacientes, no agentes.
El territorio, y también el mar, caen igualmente bajo el control de las metrópolis; en nuestro caso, el Gran Bilbao, Gasteiz, la eurociudad Donostia-Baiona o Iruñea. Todo el espacio, todos los materiales territoriales y marítimos toman el aspecto de las metrópolis; grandes infraestructuras, pinares cuadrados, grandes monocultivos agrícolas, superpuertos industriales, montes horadados por las canteras… Euskal Herria es, de esta forma, una gran ciudad compuesta de carne, tierra y hierro travesada por el orden capitalista y precipitada en la negra noche de la modernización.

La posición imperialista de Euskal Herria
Por último, no podemos pasar por alto las consecuencias de la ubicación geoeconómica imperialista de Euskal Herria, ya que a partir de ella se han organizado cientos de cooperativas industriales, medianas empresas y grandes multinacionales. Prestemos atención al paradigmático de las cooperativas. En ellas, partiendo de la unión de trabajadores vascos, y tras lograr reunir un capital inicial suficiente, se han procurado de las capacidades financieras, militares y diplomáticas de un estado imperialista para conseguir un nivel de vida “alto” en las cooperativas. El cooperativismo en Euskal Herria se ha valido por lo general de productos, piezas o materia prima producida en condiciones de semi-esclavitud por trabajadores de la periferia para poder con ello generar grandes beneficios. En ello consiste el “secreto de industria” de la mayor parte de los beneficios obtenidos por los trabajadores cooperativistas. De hecho, nuestro modelo económico, tanto el de las cooperativas como el de las empresas jerárquicas, se basa en el desequilibrio existente entre los productos baratos obtenidos mediante capital imperialista en la cadena de producción y el producto final fabricado. En eso consiste nuestro desarrollo superior, y nosotros no vamos a profundizar en ese modelo. En esta tierra vasca imperialista, no creemos que existan las condiciones neutrales para crear “empresas éticas” o cooperativas. Las empresas no son fenómenos aislados, ya que las causas y las condiciones de su actividad son, al margen del contexto capitalista, prácticamente inviables. En la medida en que se refiere a esa fracción de poder que el fuerte roba al débil mediante el uso de la violencia, el beneficio siempre tiene el mismo origen.

III. Los sectores políticos de izquierda en Euskal Herria y su posición en la problemática social.

Entre los sujetos políticos que existen hoy en Euskal Herria, centraremos a continuación el análisis en aquellos que conforman el espectro de la izquierda. Partiendo del análisis previo, valoraremos su discurso y planteamientos estratégicos, situándolos ante la problemática general del Capital.

Partidos demócratas contra-hegemónicos: Sortu, Podemos y Ganemos
En primer lugar, tenemos los grandes partidos y sus bases estructurados en contra del neoliberalismo: Sortu en Euskal Herria y, a nivel estatal, Podemos y Ganemos. Siendo sus planteamientos estratégicos diferentes, se valen de los mismos parámetros para llevar a cabo una lectura de la realidad política y socioeconómica. En términos generales, explícita o descuidadamente, se han adscrito a la corriente ideológica representada por ATTAC. De este modo, entre los objetivos específicos se encuentran: un ordenamiento jurídico basado en la justicia social, una distribución equitativa de la renta, el mantenimiento de las prestaciones sociales, los derechos de la ciudadanía o la democracia participativa. En el caso de Sortu,también se establece como objetivo básico la construcción de un estado vasco.
Este tipo de teorías políticas presentan como objetivo estratégico general la recuperación y el perfeccionamiento del estado del bienestar de cuño fordista.
Sortu, junto con el partido ordoliberal democristiano EA, es parte de la coalición EH Bildu. Los portavoces de Sortu han definido a EA como partido socialdemócrata ante sus bases, a pesar de que se trata de un partido configurado por un sector independentista del PNV, cuyo ideario se sustenta sobre principios de carácter ordoliberal capitalista. Sortu, en su debilidad estratégica causada por la represión y un buen número de decisiones erróneas de su dirección, ha hecho suyos esos principios, mostrando una severa incapacidad para desplazar a EA hacia la izquierda. Sus errores y debilidades le han conducido a dejar atrás los elementos ideológicos socialdemócratas y burgués-revolucionarios radicales que la izquierda abertzale llegó a establecer en el pasado mediante la unidad popular estratégica (Herri Batasuna). En la actualidad, difícilmente se podrán establecer diferencias ideológicas claras entre Sortu y EH Bildu, como tampoco una estrategia más allá de la táctica de la acumulación electoral de fuerzas. En su horizonte político sólo queda el anhelo táctico de un imposible pacto nacional con el PNV, con el objetivo de constituir una mayoría suficiente para un viaje a ninguna parte. Junto con todo esto, las bases sociales de la izquierda abertzale han caído en una importante desorientación ideológica y estratégica, caldo de cultivo para rupturas y disputas internas.
En lo que respecta a Podemos y Ganemos, es previsible que el deseo de colmar un supuesto espacio de “centro izquierda política” termine en una considerable derrota en las siguientes elecciones generales, ya que, en un país de corte conservador como es España, el centro está reservado para el centro derecha y, sobre todo, porque ante los graves problemas sociales que nos acucian no existe posibilidad alguna dentro del reino de la democracia y el dinero. En cuanto los grandes poderes que sustentan la monarquía española han puesto en marcha la maquinaria de guerra electoral, han sido capaces de desactivar la posibilidad de una pseudoalternativa progresista demócrata. Se vislumbra una ofensiva generalizada de derechas, comandada por C’s y PP o PSOE, para los próximos cuatro años.
Estos dos grandes bloques (Sortu y Podemos-Ganemos), en cualquier caso, serán incapaces de desarrollar sus planteamientos, pues los modelos de gobierno fordista de corte keynesiano resultan a todas luces inviables y carecen de oportunidades en la fase monopolista y financiera del Capital. Es imposible destruir el autoritarismo y la miseria sobre una estructura productiva basada en la lógica del puesto de trabajo, el valor de cambio y el voto.
No obstante, no queremos profundizar en esta hipótesis, ya que no entra dentro de los objetivos del presente texto; lo relevante no es la inviabilidad de su estrategia dentro de la actual fase capitalista.
Nosotros queremos situar en otra óptica a estos partidos. En concreto, lo que consideramos relevante al respecto es que desde el punto de vista de un diagnóstico radical, no abordan los problemas de índole más grave que genera el Capital, que son los que conducen a la falta de poder de los pueblos y de las personas. Los citados partidos políticos no se pueden considerar izquierda radical, básicamente porque plantean el conflicto social desde la perspectiva no del poder, sino de los derechos. No cuestionan la condición capitalista del poder, ni su división jerárquica y autoritaria; únicamente anuncian qué forma están dispuestos a darle a la utilización de ese poder. Al contrario, nosotros aspiramos a crear una nueva forma de poder autónomo; por eso la actividad de esos partidos es, a nuestro juicio, insuficiente.

Por lo tanto, si el problema consiste en crear la condición autónoma del poder, poniendo ese poder en manos de todas las personas; si el problema consiste en escomponer la estructura del Capital y del Trabajo Asalariado, descomponiendo de ese modo las grandes jerarquías y las grandes acumulaciones de poder; en otras palabras, si nuestro objetivo es la libertad, entonces la propuesta de esos partidos se nos queda pequeña. En lo que se refiere a las estructuras de poder y a los principales ámbitos de la vida, no proponen un proyecto que suponga cambios significativos para Euskal Herria. Este espectro sociopolítico sitúa la problemática en el ámbito de los derechos, y no predica más que la aplicación de los derechos, pero no el poder para el pueblo.

Socialismo revolucionario clásico
Existen también en Euskal Herria varios colectivos que frente a la estrategia demócrata plantean la vía del socialismo revolucionario clásico. Éstos sitúan al pueblo trabajador vasco como sujeto político y tienen por objetivo el establecimiento de una república socialista vasca. En general, desarrollan sus análisis a partir de la doctrina del denominado marxismo clásico, empleando, según los casos,conceptos del socialismo real o las luchas de liberación nacional.
Este tipo de colectivos socialistas, sin embargo, llevan consigo una incapacidad manifiesta a la hora de representar una nueva modalidad de poder. En concreto, tienden a entender la economía a nivel nacional de forma vertical, de arriba abajo; plantean la existencia de una estructura burocrática (y con ello, la existencia de instituciones de mando sobre el trabajo); y por lo general, no presentan propuestas claras para la superación de conceptos y de categorías reales como son las de la indiferencia recíproca, el valor de cambio y el dinero –las que constituyen las bases del sistema capitalista de forma permanente. En general, el socialismo revolucionario clásico no responde a la carencia de control de la producción por parte del pueblo, sino más bien al deseo por parte del pueblo de obtener alimento o satisfacer las necesidades básicas.
El objetivo, por lo tanto, no es lograr el control popular sobre la toma de las decisiones, ni desarrollar la condición autónoma del poder y promover su división, sino más bien llevar a cabo una gestión diferente de la producción de valor y la riqueza capitalista (valor-poder).
Este espectro político, en general, sitúa la problemática social en la óptica de las necesidades, y tiene como objetivo principal una producción nacional, que estará distribuida de forma equitativa y gestionada de forma centralizada.

Bancos de tiempo, cooperativismo, monedas y mercados alternativos

Además de los dos espacios políticos mencionados, contamos también con otra serie de colectivos que abordan la cuestión de la producción desde el enfoque de una aparente autoproducción. En respuesta al desempleo, hay quienes han comenzado a poner en marcha proyectos productivos de tendencia horizontal dentro del mercado. El nivel más sencillo es el cooperativismo: un grupo de trabajadores en paro, mediante el trabajo colectivo, unen sus fuerzas con el objetivo de crear un puesto de trabajo, así como para gestionar directamente la función empresarial. Lo normal es que terminen convirtiéndose en explotadores de sí mismos. Esta opción es legítima, e incluso puede que necesaria para poder vivir el día a día en el contexto actual, pero no consideramos que haya que presentarla de ningún modo como propuesta política. Es obvio que no aborda la problemática en su fundamento; es más, hacerse un hueco en un mercado hostil resulta dificilísimo, y el querer ser competitivo no conduce sino a la reproducción de todos los esquemas de la lógica dominante, particularmente del imperialismo.En un nivel más complejo, en los últimos tiempos se han podido observar diversos intentos por crear monedas propias (mercados alternativos). Ahí tenemos los ejemplos del Eusko y del Ekhi. Sin embargo, todos los mercados presentan la misma lógica: la de una red de productores en la que no existe el cuidado mutuo, de forma que el espacio del mercado se configura para que cada cual pueda obtener un beneficio propio mediante el intercambio. Además, a los pies del mercado y las monedas grandes, estos mercados pequeños carecen de posibilidades para competir, ya que un euro representa y sirve para comprar el trabajo de millones de trabajadores mejor que un eusko. Incluso si en algún momento estos mercados alternativos lograran sustituir al mercado oficial, pasarían a cumplir las mismas funciones que desempeña el mercado oficial en la actualidad. Por lo tanto, de estos planteamientos se desprende, en nuestra opinión, poca ambición política, escasas soluciones a los problemas fundamentales derivados del trabajo abstracto, y una falta de viabilidad manifiesta.
Por último, en un nivel de abstracción todavía mayor se sitúan las lecturas en torno a los bancos de tiempo y a las monedas de tiempo. Esta nueva manifestación del proudhonismo clásico propone una esfera de circulación en la que, en vez de dinero, se utilizarían bonos de tiempo para un mercado de equivalentes. A cambio de las horas de trabajo comunitario realizado, recibiríamos un bono de tiempo equivalente, que luego podríamos ofrecer a otra persona a cambio de su trabajo. En esencia, reproduce la misma lógica del dinero real, puesto que el dinero real no es más que la expresión del tiempo de trabajo. Presenta, al igual que la anterior,una clara falta de viabilidad (por motivos que Marx en la teoría y la historia en la práctica ya han demostrado lo suficiente) y en su base mantiene el esquema de la indiferencia mutua y la sociedad fragmentada (formación social del poder enajenada) en la medida en que no nos ocupamos de los demás, sino que, al igual que en todas las formas de mercado, lo hacemos por interés propio, con su correspondiente aislamiento social y su dependencia social generalizada.
Por lo tanto, a través de todos estos ejemplos se reproduce la estructura del Capital, de abajo arriba, por secuencia lógica, al igual que todas las consecuencias que se derivan de la misma.
Así lo ha demostrado la historia de sus precedentes.
De forma general, en estos planteamientos se intenta abordar la problemática social partiendo del planteamiento trabajo-desempleo, sin poner en cuestión aspectos como la función que cumple el trabajo mismo como mediación social o el aislamiento social de los individuos que componen el mercado y lo caracteriza. De todo ello, se desprende la incapacidad de estas propuestas para dar una solución a la problemática presentada anteriormente.

Espacios de radicalidad política
Existe en Euskal Herria un espectro político radical (movimiento antidesarrollista, algunas gazte asanbladas, movimiento auzolan, ciertos espacios anarquistas, numerosos sectores y personas de la izquierda abertzale) que llevan a cabo una oposición directa al capitalismo y que tratan de desarrollar una crítica al Capital y al Trabajo Asalariado en su conjunto. Consideramos que estos espacios políticos radicales están trabajando en nuestra misma clave y los consideramos amigos. No obstante, sinceramente creemos que aún no hemos sido capaces de realizar en primer lugar un análisis certero y completo del capitalismo y, en segundo lugar, de proyectar una lógica social autónoma frente a la capitalista. Por eso elaboramos este texto, para poner sobre la mesa esa problemática, para reactivar el debate radical revolucionario sobre las bases de la crítica de la economía política capitalista. Nosotros no entendemos la problemática social en base a los derechos, ni a las necesidades, ni al desempleo; nosotros entendemos la problemática social en referencia a la formación y al contenido del poder, pasando nuestro objetivo por hacer desaparecer el poder autoritario abstracto y crear en su lugar un poder popular autónomo. No queremos derechos que nos sirvan para satisfacer nuestras necesidades; tampoco queremos repartir el trabajo. Nosotros queremos el poder para todos, tomar el control directo de todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida, pues es así como entendemos la libertad. De ahí que pongamos permanentemente en cuestión la relación social del Capital y del Trabajo Asalariado.

IV- La Autonomía Comunal (Autogestión) en Euskal Herria, a debate
Este ha sido el diagnóstico que hacemos de la Euskal Herria capitalista actual. Frente a todo ello, nuestra elección es clara: no queremos vivir al servicio de las fuerzas sociales generales, ni como esclavos de unos cuantos acumuladores salvajes e insaciables; nosotros queremos ser autónomos y soberanos, dueños de nuestras propias condiciones de vida.
No obstante, somos conscientes de que para ello, en primer lugar hemos de tomar el control directo de las capacidades productivas. Al mismo tiempo, habremos de desarrollar un modelo de distribución al margen de la lógica del intercambio y de la indiferencia recíproca entre productores, al margen de la forma del dinero. Al hecho de hacernos con los medios de producción y procurar un modelo social basado en el cuidado mutuo y la convivencia lo denominamos Autonomía Comunal. Por lo tanto, frente a todas las formas de dominación, proponemos la autonomía comunal como objetivo estratégico a ese espacio político de izquierdas que trabaja hoy por la construcción nacional en Euskal Herria. Proponemos construirla pueblo a pueblo, barrio a barrio.

Respecto a la así denominada “fase de transición”
Frente al trabajo abstracto y la dominación del Capital, la estrategia para la consecución de la autonomía comunal no contempla la existencia de ninguna fase de transición. Esto no pretende negar la existencia de un camino cuyo desarrollo requerirá de una lectura y una práctica también en términos tácticos; simplemente manifestamos que la autonomía comunal es una lógica propia que queremos comenzar a construir desde este mismo momento. No creemos en las burocracias, en las fases de dominación transitorias (véase el socialismo real) o en el uso falsamente revolucionario del Estado; la autonomía comunal no requiere de la consecución de una fase intermedia desde la cual hemos de contentarnos con esperar. Al presentar un modelo de vida mejor que el capitalista, contiene en sí misma, como proyecto político, la fuerza necesaria para materializar la evolución. En el escenario histórico, la lógica social más fuerte se impone sobre la más débil, y creemos que la lógica autónoma comunal contiene una fuerza histórica mayor que la autoritaria lógica capitalista moderna.

Respecto al modelo de libertad
La sociedad capitalista ha construido su propio modelo delibertad. Esa forma de libertad se basa en la posibilidad de elección entre una serie de opciones preestablecidas (por ejemplo el voto y el puesto de trabajo).

Nosotros no queremos escoger entre posibilidades prefabricadas, ni cumplir leyes o normas que no hayamos establecido nosotros mismos directamente, ni tener que elegir entre los alimentos preconfigurados que se nos muestran en las baldas de los centros comerciales. Nosotros no queremos ostentar el derecho a elegir a nuestro empresario o a nuestros mandatarios políticos (aunque ni siquiera en la actualidad sea posible) y no les debemos obediencia alguna a unas fuerzas armadas que nos han sido impuestas. Queremos nuestro propio espacio de libertad en el que configurar nuestros propios poderes, y que a la vez estos poderes nuestros sean los garantes de nuestra libertad real.
No queremos una libertad relativa que nos permita elegir entre los productos creados por unos poderes previamente constituidos y que no son los nuestros. Como Spinoza, no dormiremos tranquilos mientras alguien esté por encima; no lucharemos por las migajas de pan, nosotros mismos haremos el pan, tal y como gustemos.

Respecto al modelo de producción
Para componer la libertad, sin embargo, es necesario poseer capacidades productivas; un modelo productivo propio al margen de la lógica capitalista. En primer lugar, es importante señalar que entendemos la producción en su sentido más amplio, abarcando todos los ámbitos referidos a la creación de la realidad: desde construir una máquina, elaborar un queso, cuidar de los compañeros, organizar una fiesta hasta escribir el presente texto sobre la autonomía comunal en Euskal Herria.
Por lo demás, entendemos que las capacidades productivas son de carácter social, ya que somos prácticamente incapaces de producir nada de forma aislada. En ese sentido, el Capital, al haber obtenido la gran mayoría de sus beneficios reuniendo y poniendo a trabajar conjuntamente a las familias trabajadoras; al haber sido capaz, de esa manera, de crear tecnologías y poderes inmensos, nos ha mostrado la potencialidad de nuestras capacidades si producimos conjuntamente. A pesar de esa utilización destructiva que el Capital ha mostrado para nuestras capacidades colectivas de producción, no estamos dispuestos a renunciar a éstas; es más, no tenemos ningún reparo en mostrar nuestra dependencia respecto a aquellos que nos rodean, de colaborar, ya que viviremos con ellos y esa vida en común se basará en los cuidados que nos ofreceremos mutuamente. Por eso produciremos en colectivo, y por eso utilizaremos esa producción para convivir en comunal. La fuente de riqueza del Capital son las empresas y la riqueza es el valor abstracto (el mando sobre el trabajo ajeno, el dinero). Frente a eso, la fuente de riqueza del comunal serán colectivos organizados libremente, y la forma de la riqueza será el control autónomo que las personas poseamos sobre los poderes productivos.

Respecto a los marcos de decisión
Por todo lo expuesto hasta el momento, no admitimos una estructura y metodología basada en la delegación del poder; el Estado, la dirección de la empresa o el consejo escolar son las estructuras políticas del valor abstracto. Nosotros queremos tomar las decisiones directamente entre todos, a un nivel en que eso sea viable: en la asamblea y en los espacios de producción. Somos conscientes de que en las asambleas no existe de partida una igualdad de condiciones, pero eso se debe al hecho de que no hemos sido creados para vivir en libertad, ni para dar forma a nuestras propias vidas. Paso a paso, iremos adquiriendo las virtudes y capacidades propias de un pueblo libre; aprendiendo a explicarnos colectivamente, aprendiendo a escucharnos entre nosotros.

Respecto al modelo de trabajo
Con todo esto, queremos desarrollar progresivamente la abolición del trabajo productor de valor abstracto para implantar en su lugar un esquema de trabajo libre. El trabajo libre significa lo siguiente: ser nosotros mismos los que determinamos con quién producimos, qué producimos y cómo lo producimos. Cuando estamos en una empresa, el empresario elige el tipo de producción que le impone el mercado, y los trabajadores nos vemos en la obligación de producir lo que nos impone el empresario. No podemos elegir a nuestros compañeros de trabajo, no controlamos los tiempos de trabajo. Tanto las cualidades del producto como la maquinaria nos vienen impuestas. Los colectivos de producción, sin embargo, al ser grupos de producción constituidos en base a la amistad y la afinidad, suponen un marco autónomo en el que ostentamos el control de las capacidades productivas colectivas y en el que podemos ejercer el trabajo libre. Además, estos colectivos se
basan en la producción directa, no en la producción de mercancías;es decir, lo que producimos tiene un valor de uso directo, ya que su uso no depende de su venta previa, con lo cual tiene un poder inmediato, no mediado socialmente. Por otro lado, el trabajo asalariado, a diferencia del trabajo libre, nos condena a una especialización salvaje: a reproducir la misma actividad durante toda la vida. El trabajo libre nos proporciona la capacidad política para desarrollar numerosas facultades productivas, y así poder desarrollarnos como personas en numerosas direcciones.

Respecto al modelo de distribución
El capitalismo, como sistema integral, nos ofrece la posibilidad de participar en una enorme y muy compleja red de productos.
Dentro de esa red somos una parte aislada de la producción (cuando ocupamos un puesto de trabajo), y nuestra capacidad de participación en la red aumenta o disminuye en función al dinero que tengamos. Frente a ello, nosotros defendemos la capacidad de un sistema productivo organizado autónomamente en el que podamos autoabastecernos de todo tipo de productos y tecnologías.

Nuestro modelo no es un sistema autónomo basado en la escasez o en la prehistoria productiva. ¿Pero cómo entonces poner en marcha procesos económicos complejos?
Antes hemos dicho que el Capital hace posible su circulación mediante el intercambio, en donde una mercancía universal (el dinero) ha de mediar con el resto de las personas, ya que los productores son oponentes entre sí. Por el contrario, un modelo de circulación basado en la lógica comunal, no se erige sobre el mercado o el intercambio. Profundicemos en este aspecto.
El intercambio consiste en una transacción entre dos individuos,en la que son los objetos los que tienen el mando; cada uno de los individuos no hace más que representar a su objeto, con lo que importa no quién esté al otro lado, sino que el tamaño de su producto sea el mismo que el mío, que su valor sea equivalente.
Normalmente, uno de los objetos suele ser una mercancía y el otro una cantidad de dinero, pero también se puede efectuar el intercambio entre dos mercancías; lo relevante es la lógica social subyacente. De este modo, únicamente cuando el tamaño de los productos es equivalente, es decir, cuando ninguna de las partes sale perdiendo, tiene lugar el intercambio. Debido al carácter aislado de los productores, carentes de vínculos fectivos que se reflejen sobre el ámbito económico,se ven condenados a participar permanentemente en una guerra de equivalencias. Eso es lo que les empuja a depender completamente de la generalidad social.
Nosotros queremos que el vínculo social se base en una red de espacios de afinidad, no en una generalidad social abstracta como es, en este caso, el mercado global. Partiendo de ahí, son los vínculos de amistad y afinidad los que median entre nosotros, permitiendo el desarrollo de un modelo de distribución basado en la ofrenda mutua, en el compartir. Pues es en eso en lo que consiste el comunal; vivir en común, ser en común, darnos en común. Queremos investigar y explorar todas las potencialidades de esta logica social, de abajo hacia arriba y a una escala indeterminada, lo que sin duda requerirá el desarrollo de una ética propia.
En la actualidad, los modelos y contenidos que nos permiten interpretar las relaciones sociales y la ética son capitalistas; como consecuencia no tenemos las herramientas subjetivas necesarias para poder proyectar el desarrollo de esta nueva lógica socioeconómica.
No obstante, estas carencias no pueden suponer una excusa para caer en el reformismo o para renunciar a la política radical, para renunciar a la construcción de la libertad y sus particularidades en el espacio productivo.

V- La estrategia revolucionaria: realizar la Autonomía Comunal
(Autogestión)
Las fuerzas y capacidades productivas con las que cuenta hoy en día la Euskal Herria capitalista nos mantienen ligados al mercado. Ante ello, el objetivo estratégico consiste en salir de la síntesis social del mercado para crear una colectividad libre como nueva síntesis social. Mediante las siguientes líneas emplazamos a debatir en torno a las características del camino a seguir para
alcanzar ese objetivo político general. En ese camino, entre otras cuestiones, consideramos relevantes los siguientes factores:
a) La problemática de la voluntad colectiva
b) La problemática de la motivación productiva
c) El desarrollo de redes de producción a pequeña escala y la problemática de la organización de los comunales
d) La confederación de los comunales y la problemática de los procesos productivos complejos y a gran escala

a) La voluntad y el deseo colectivos
En las condiciones actuales, la satisfacción de nuestros deseos, voluntades o necesidades sucede de forma individual y monetarizada; es suficiente poner en marcha el poder del dinero que tenemos (en el caso de que lo tengamos) para tener acceso a cualquier deseo o necesidad que se presente bajo la forma de la mercancía. De esta forma, es indiferente quiénes hayan producido el
producto que satisface nuestro deseo, por qué lo hayan producido o en qué condiciones lo hayan hecho. Haciendo abstracción de las fuerzas sociales que hacen posible la satisfacción de nuestros deseos, éstos pasan a entenderse únicamente en función a uno mismo y su capacidad de compra.
Nosotros, sin embargo, tenemos por objetivo la construcción y satisfacción colectiva de los deseos. Si vamos a producir en comunal y vamos a desmantelar los sistemas de mediación y mando sobre el trabajo, desarrollaremos la capacidad para compartir los deseos y las voluntades, para constituir deseos colectivos, y no un océano fragmentario de deseos individuales que se satisfacen con dinero y prepotencia. Queremos ser capaces de construirlos en común, que sean sólidos y estables en el tiempo, de modo que puedan materializarse fuera de la lógica del mercado.

b) La motivación productiva

En el sistema capitalista, la motivación para producir la origina el dinero. En la medida en que trabajamos a cambio de la posibilidad de participar en la red global de productos (mercancías), es el dinero el que alimenta nuestra motivación productiva, nuestras ganas de trabajar. De hecho, esa motivación es la fuerza de la producción, la fuerza viva capaz de materializar la producción. Por lo tanto, uno de nuestros principales objetivos consiste en sustituir al dinero como principal influencia en la activación de la motivación productiva.
En nuestra actividad política diaria, es recurrente y habitual eso que denominamos como “falta de iniciativa”. En realidad, no es falta de iniciativa, sino una baja intensidad de la iniciativa en comparación con el nivel de iniciativa que nos genera el mercado. A ese respecto, al ser la iniciativa generada ante la posibilidad de una recompensa, creemos que existe una recompensa mayor que el dinero: aquélla que nos ofrece el desarrollo de la producción autónoma colectiva junto con todas sus potencialidades, entre las que destacan las siguientes: la adquisición de capacidades para la autoproducción, la libertad de trabajo, la capacidad para proveer a nuestros amigos y, paso a paso, la creación de la propiedad colectiva de los medios de producción, o lo que es lo mismo, la adquisición de cada vez más y mejores poderes productivos autónomos de los que disfrutamos con inmediatez y sin tutelas de poderes externos que nos los hayan de garantizar.
En el capitalismo obtenemos como fruto la profundización en nuestra condición de esclavos mediante la compra de productos de consumo gracias al salario. En la autonomía comunal, por el contrario, el fruto se cosecha profundizando en la libertad mediante el aumento continuo del poder productivo popular, nuestro poder.

c) Interconectar la producción, organizar espacios comunales a nivel local
El camino hacia la construcción de la autonomía comunal está lleno de obstáculos. De hecho, en este momento en el que partimos de unas capacidades productivas minúsculas, en el que la mayoría ni siquiera tenemos trabajo ni dinero, y en el que encima nadie nos va a dar nada, ¿cómo empezamos a compartir y a darnos entre nosotros?
En primer lugar, resulta fundamental impulsar el debate político en gazte asanbladas, asambleas de barrio, colectivos autónomos o los nuevos grupos comunales que pudieran crearse, de modo que se puedan concretar una serie de objetivos políticos y productivos. En ese punto es imprescindible establecer una confianza mutua; tener claro que hemos acordado y compartido unos objetivos políticos y productivos y que a partir de ese momento nos dirigiremos conjuntamente en esa dirección, a constituir nuestro propio poder con ambición política revolucionaria y altura de miras. Es probable que desde un primer momento la necesidad de dinero sea mayor para unos que para otros, y tenemos que ser capaces de comprender esa realidad y de gestionarla. La conexión entre la vida real de las personas que formamos parte de los proyectos con los proyectos mismos resulta problemática y debe ser tratada con sumo cuidado, respeto y una capacidad crítica permanente. En cada caso
apostaremos por dar una solución colectiva a estos problemas. A ese respecto, hoy en día es comprensible querer tener dinero y por eso es imprescindible la confianza mutua en el hecho de que compartimos un mismo objetivo político: la apuesta colectiva por construir el espacio de poder comunal.
Esa construcción del comunal se llevará a cabo en la mayoría de los casos de forma progresiva. No obstante, si ese proceso lo acompañamos de un compromiso político firme, de una lenta pero segura constitución de una economía basada en el compartir lo que vamos produciendo, de adquisición en constante crecimiento de medios productivos y poder popular, y lo alimentamos con análisis serios y rigurosos, la producción comunal deberá ir desplazando a la mercantil hasta la constitución de un modelo productivo integral y libre del mercado.

d) La confederación de los comunales y la problemática de los procesos productivos complejos y a gran escala
Por último, consideramos oportuno dejar abierto este último apartado. Dado el estado en el que se encuentra tanto el planteamiento teórico, pero sobre todo su desarrollo práctico, entrar a debatir en torno a los procesos productivos complejos y a gran escala resulta bastante especulativo. Como punto de partida nos gustaría subrayar lo siguiente: tal y como hemos visto a lo largo de este texto, el capitalismo no es más que un modelo económico que funciona en base a una determinada lógica social: la indiferencia mutua generalizada, de la que se derivan el intercambio, el dinero, el mercado, el trabajo abstracto, etc. Frente a ello, ¿hasta dónde somos capaces de llegar basándonos en una lógica comunal? El Capital y quienes se esconden tras su máscara han conseguido constituir fuerzas de producción inmensas uniendo a la gente con una lógica egoísta; creemos que uniendo a la gente en libertad y afinidad colectivas seremos capaces de superar el poder del capital,
a la vez que tomar el control de nuestras fuerzas de producción sociales para que dejen de ser definitivamente una amenaza. De momento, ese planteamiento no revela más que un campo para la investigación, pero de lo que no cabe duda es que somos capaces de hacer cosas realmente grandes, y sobre todo, mucho mejores de las que produce ahora el capitalismo.
Dejamos este apartado abierto para que cada uno reflexione al respecto, de modo que la dinámica pueda desarrollarse con autonomía a medida que se vayan constituyendo, uniendo y extendiendo los grupos comunales a lo largo y ancho de toda Euskal Herria.

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